AVISO: Están renovados hasta el capítulo 9. El resto de capítulos están como antes. Iré avisando según renueve más capítulos.

domingo, 13 de noviembre de 2011

¡¿Y EL CAPÍTULO 25!? e_e

AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAALTO AHÍ.
No saques el cuchillo aún, que quiero darte una explicación de porqué no hay aún nuevo cap è_é


Verás, querido/a lector/a.
Tengo la semanita llena de exámenes (mañana mismo, por ejemplo) y mis profes se han aliado para cargarme a deberes (sobretodo de métrica...Dioses, odio la métrica)
Ya sabes...SUPONGO QUE SABES, que escribo la historia según la publico, por lo que no tengo varios capítulos preparados para colgar ni nada. (¡No tengo tiempo...y soy vaga XD)
Pero como Gaby siempre quiere recompensarte, queridísimo/a lecor/a, te dejo un par de regalitos que no vienen a cuento. Y os haré un pequeñísimo adelanto del Capítulo 25.
No estoy segura, pero creo que se titulará "Todos a bordo"
Lo veremos desde dos sitios diferentes, el Inframundo, con Scarlett y los demonios...y el Submundo, con los Guardianes, Kira, Ren y etc.
Nuestra protagonista no lo va a pasar nada bien....y será aún peor en el capítulo 26 XD (soy una sádica)
Mientras tanto, el resto emprenderá un viaje en busca de su Guardiana perdida. Y...la tensión se palpará en el ambiente.


¡Muy pronto ^_^!
Ahora os dejo los regalitos:






sábado, 5 de noviembre de 2011

Capítulo 24: El baile

Nota de la autora ~> Es una sugerencia, pero la canción que puse cuando comienza el baile es la que suena en ese momento en el palacio, así que si queréis escucharla mientras leéis esa parte, habrá más atmósfera jajaja <3
[Es aconsejable que cuando acabe el baile la quitéis, porque luego la atmósfera cambia totalmente y no pega mucho la canción e_e]


El día transcurrió más lento de lo que había esperado, pero finalmente, un par de horas antes del crepúsculo, el carruaje tirado por cuatro caballos negros apareció, con su lacayo incluido. El chófer hizo frenar a los animales de un tirón y su compañero pasó a abrirles la puerta con gentileza.
María, presa de la emoción, entró la primera -¡quién se pusiera delante tendría una muerte segura!- entre grititos incontrolables de alegría. Tuvo que empujar con fuerza su vestido para que entrara; de color rosa pálido en seda, con ondas de oro cayéndole por las faldas. Era de manga corta y abultada, aparentando tener los brazos menos delgaduchos. Sacó una mano del carruaje cogiendo a Scarlett del brazo y arrastrándola, como ya tenía costumbre hacer, hacia dentro. Chelsea pasó después, con el uniforme de los Guardianes. Se negaba a llevar un vestido. Dáranir, suspirando, entró el último y cerró la puerta. Llevaba un jubón verde botella con el escudo de los Carsack dibujado en el pecho; dos espadas cruzadas y en el medio una corona, el escudo del rey Tulio.

El chófer hizo estallar el látigo en el aire y se pusieron en marcha al trote.
María le había contado enfadadísima que Julian se había cansado de esperarlas y había marchado con Mark hacia el palacio. En realidad, a Scarlett no le importaba en absoluto. Se sentía incómoda, nerviosa, tímida y avergonzada. Ya se había acostumbrado al corpiño, pero el escote que se veía obligada a llevar con esa vestimenta la volvía aún más vergonzosa de lo que era. Lo cierto es que no era tan pronunciado, pero Scarlett es Scarlett.
No se le pasó el detalle por alto de que su líder, Dáranir y su maestra de armas, Chelsea, mantenían las distancias todo lo que podían y hasta evitaban mirarse.
En el largo trayecto cruzaron caminos de piedra, puentes antiguos que pasaban por encima de ríos y bosques poco frondosos. Una pequeña hada se metió por la ventana y salió por la otra en a penas unos segundos, sorprendiendo a todos. La muchacha pelirroja se apretó las manos sintiendo el dolor de barriga que indicaba el nerviosismo.

—Ya casi hemos llegado.—anunció Dáranir sacando la cabeza del carruaje para mirar.

Scarlett le imitó y echó una ojeada. Al principio quedó un tanto impresionada, nunca había visto un palacio tan de cerca. Era enorme, con cinco grandes torres en las alturas, de piedra grisácea, ahora blanquecina por la nieve que caía sin pausa del cielo. Una ráfaga de frío viento le revolvió el pelo.

—Wow.—fue lo único que dijo al volverse a meter.

María asintió con aprobación y una sonrisa infantil.
El chófer paró en frente de las puertas principales del palacio, alargadas y gigantescas, de madera oscura. Dos guardias estaban situados a los costados.
Scarlett cogió aire y salió de la carroza, con cuidado de no romperse una pierna antes de que empezara la noche. <<Será un milagro si salgo sin fracturas de aquí>> pensó.
Dáranir les enseñó a los centinelas la invitación, y después de un repaso de arriba a abajo, los dejaron pasar. Las puertas se abrieron con un gran chirrido y todo se iluminó.
Las velas hacían que la entrada pareciera aún más grande de lo que ya era. Las columnas redondas ocupaban gran parte del sitio y en medio, las escaleras, anchas y con una preciosa alfombra roja cayendo por ellas. Subieron todos juntos hasta otras dos puertas, más pequeñas, que conectaban con el salón. Un mayordomo les pidió sus nombres a Dáranir y a Chelsea y entraron siendo anunciados. Scarlett escuchó la música al abrirse las puertas. Miró a María insegura. Ella le devolvió la mirada.

—Mantén la calma, ¿vale?—le susurró—voy a entrar ahí y después irás tú.
—¿No podemos ir juntas?—suplicó Scarlett.

María negó con la cabeza y le dio un beso en la mejilla.

—El idiota te estará esperando abajo. ¡Sonríe, boba! ¡El baile es en tu honor!

<<¡Y justo por eso estoy así!>> quiso haberle respondido Scarlett.

Asintió y miró a la chiquilla baja y rubia entrar todo sonrisas y emoción en el salón al tiempo que el nombre de María Geneviev, Guardiana de la Casa Gris se escuchaba.

—¿Señorita?—la llamó el mayordomo con una ceja alzada—¿Va a entrar?

<<Qué remedio>>

—Sí.—dijo—Soy Scarlett Chevalier, Guardiana de la Casa Gris.

La cara del hombre cambió al instante, dirigiéndole una sonrisa cordial.

—Por supuesto, la invitada de honor.

Su nombre tronó en la sala y muchas cabezas se giraron a mirar a la chica escondida entre las sombras. Suspiró y sacudió la cabeza, dando dos pasos hacia delante y dejándose ver. Bajó varios peldaños de las escaleras intentando no mirar a nadie directamente a los ojos. Su vestido de terciopelo azul medianoche susurró al rozar con el suelo. No tenía mangas, si no un tirante que se enroscaba alrededor de su cuello formando un ocho. Llevaba el pelo rojizo suelto, con una trenza de sus propios mechones como diadema. A la mitad del camino su mirada se encontró con la de Julian, esperándola con una chaqueta del mismo color que su vestido -María- y grabados que se entrecuzaban en plata por el cuello y el final de las mangas. Pantalones blancos y botas. Nunca lo había visto así. Con el último peldaño, él le tendió su mano y ella la cogió, sonriendo. Ahora se sentía más segura.
Julian la miró con indiferencia y giró la cara de pronto, apartándose de la vista de ella.

—¿Cómo...estoy?—preguntó Scarlett por lo bajo.

Él no se volvió para contestarle. Iban caminando hacia el trono, donde estaba sentado el Rey Tulio, al que veía por primera vez. Era un hombre gordo y de barba rubia algo canosa, muy poblada. Reía al mismo tiempo que bebía de su copa.

—Horrible.—contestó Julian haciendo una mueca.
—¿En serio?—se asustó Scarlett, mirando a todo el mundo nerviosa.
—Sí.

La chica pensó en pisarle sutilmente el pie al Elementar, pero María la observaba desde el otro extremo de la sala, hablando con Mark y apreciaba demasiado su vida. Fueron hasta el trono y allí ambos se arrodillaron agachando la cabeza ante el rey.

—Levantaos, Scarlett.—ordenó, con una sonrisa de aprobación.—Vaya, sois más hermosa de lo que esperaba.

Julian tosió como estando en desacuerdo y Scarlett bufó para sí misma.

—Es un honor para mí serviros, Alteza.—recitó Scarlett, como le habían enseñado.
—Estos son mis hijas. La princesa Nirelia, futura esposa de tu capitán—comentó, al tiempo que una bella muchacha que debía tener su edad, rubia y de ojos castaños hacía una inclinación de cabeza hacia ella. Parecía una buena persona.—Y mi pequeña Carin.

La niña de un rubio casi albino le dedicó una sonrisa desganada y se marchó sin decir palabra.

—Vuestra presencia aquí nos honra. Lamento lo de vuestra familia.—dijo Nirelia para compensar el comportamiento de su hermana pequeña.—Espero que disfrutéis de la velada, Scarlett.
—El gusto es mío, mi señora.—y haciendo otra pequeña reverencia se marchó, pero vio como Dáranir se acercaba y besaba en los labios a la princesa, su prometida, bajo la mirada lejana de Chelsea. 

Nunca había visto a Chelsea con una mirada tan triste. Al notar que la estaba observando, giró la cabeza, siempre orgullosa y siguió charlando.

Scarlett vio a la mujer de la torre, parecía que habían pasado cien años desde entonces. La reina de Arkiria. Se soltó de Julian y fue hacia ella. Cuando la tuvo en frente no supo que decir. ¿La consideraría una traidora por servir a Ozirian, en vez de a su reino, como los Chevalier habían hecho desde siempre?
La mujer pestañeó sin mover ni un solo músculo. Tenía un aura agradable, pero seria a la vez. El rostro alargado y ojos nublados, intuyó que estaba ciega. El pelo castaño lo llevaba recogido en un moño alto y le tendió su mano. Scarlett la cogió con delicadeza y se arrodilló inclinando la cabeza.

—Una Chevalier ante mí.—sonrió la reina.
—¿Cómo lo sabe?—preguntó Scarlett sorprendida.
—Intuición femenina, querida. O quizá años de amistad.

No entendió bien la última parte, pero guardó silencio. Se sentía reconfortada por dentro en la presencia de aquella mujer. A pesar de que debía tener unos cuarenta años, parecía más joven.
Un hombre con corona de plata en la cabeza y cabellos negros puso una mano con suavidad en el hombro de la reina. Era ancho de espaldas, fornido, de mandíbula cuadrada y bastante alto. Una ligera barba azabache le cubría las mejillas y el mentón.

—Richard, buenas noches.—dijo la mujer dándose media vuelta hacia él.—Te presento a Scarlett Chevalier, es la invitada de honor.

El hombre asintió con seriedad.

—Un placer tenerte entre nosotros.—comentó el hombre.
—Os estoy muy agradecida, majestad.—contestó Scarlett. No se le había olvidado el rey Richard de Regardezt, padre del príncipe Rickard del que María estaba prendada.

Richard asintió de nuevo y carraspeó hasta que la reina le hizo caso y se marchó con él, despidiéndose gentilmente de Scarlett. Era una mujer muy misteriosa...y quería hacerle muchas preguntas, pero no era el momento adecuado.

De pronto, la voz del rey Tulio hizo callar a las demás voces del salón.

—Ha llegado el momento. El baile del rey comienza, y nuestra invitada de honor, la Guardiana Scarlett Chevalier y su acompañante, lo abrirán.

De una forma extraña, las velas parecieron iluminar menos de repente. La multitud de gente les dejó el centro del salón libre y Julian la agarró por la muñeca por su espalda sin que ella se diera cuenta.
Un temblor le recorrió el brazo. ¿Nervios?
El chico le ofreció su mano para el vals y ella aceptó, colocando la suya en su hombro. Comenzaron a moverse lentamente, mientras todos los observaban. Scarlett se tranquilizó un poco cuando Julian le apretó ligeramente la mano. No dejaba de mirarla a los ojos. La muchacha pronto se olvidó de si podría tropezar o no. Con una elegancia sorprendente la hizo girar sobre sí misma, haciendo que las faldas del vestido giraran también. No sabía como, pero se estaban moviendo por toda la sala cada vez más rápido. A Scarlett se le escapó una sonrisa.

—Mentí.—dijo Julian de pronto.
—¿En qué?—preguntó Scarlett, al tiempo que daban vueltas.
—Estás preciosa.

Ella se quedó sin palabras y un rubor le recorrió el rostro. Poco a poco los demás empezaron a acoplarse al baile también. Un mechón de pelo se le puso delante de los ojos.

—Es todo gracias a María.
—Es posible.—asintió el Elementar, volviendo a colocar el mechón en su sitio.

Julian la hizo girar, haciendo que la espalda de ella se apoyara contra el pecho de él. Se quedaron así durante unos segundos, en silencio. El cuerpo de Scarlett tembló levemente al notar la presencia y el olor de Julian.

—Creo que...creo que...—balbuceó Scarlett, buscando una salida—necesito tomar el aire. Sí, eso, el aire...
—Claro que sí.—la risa inesperada de Julian la tomó por sorpresa.

La muchacha se puso de puntillas dándole un leve beso en la mejilla.

—Ha sido maravilloso. Gracias.—dijo antes de salir rauda hacia la salida.

                                                                       ***

Julian se quedó allí, quieto en mitad del salón. La primera vez que lo dejaban sin saber qué decir o hacer. Se tocó la mejilla, con los ojos abiertos como platos. Se sobresaltó al notar que el corazón le latía a una velocidad peligrosa.
<<No puede ser.>> pesó, abatido consigo mismo.
Miró hacia las escaleras y vio como una melena pelirroja salía por las puertas. Quiso ir con ella, quiso que la noche no terminara tan pronto, pero se quedó allí, quieto, sin hacer nada. Sin hacer nada excepto de darse cuenta de algo que lo trastornó gravemente.
Con gran pesar se dejó caer sobre los primeros escalones, pasándose las manos por el pelo hacia atrás. Volvió a recordar la suavidad del pelo de la chica cuando le rozaba el cuello y los escalofríos que eso provocaba en él. Recordó la ira incontrolable que sentía cuando la veía con el híbrido. Recordó lo confortable que era verla dormir, tapada hasta la nariz.
Y recordó algo que no había pensado hasta ese momento, pero que siempre estuvo ahí.

—Mierda.—dijo en voz baja, frotándose los ojos, estupefacto—La quiero.

Apretó los puños, algo enfadado consigo mismo por sentirse tan inseguro en esos momentos y salió corriendo tras ella.


                                                                        ***


Scarlett salió apresurada a los jardines, era cierto que necesitaba un poco de aire. La noche había caído y ella ni se había dado cuenta. En un costado de los enormes jardines encontró un laberinto y se metió en él. Siempre le habían gustado mucho, aunque casi todas las veces que se metía en uno acababa perdida.
Caminó entre la espesura del laberinto, recorriendo el sendero verde con las yemas de sus dedos, rozando las suaves hojas que crecían creando altos muros interminables y ensortijados. Después de todo lo que había sucedido aquella noche, la euforia había dejado paso a un extraño y alegre cansancio. Se le escapó una risa involuntaria que creó vaho grisáceo en el aire.
Un silbido repentino la instó a que mirara hacia atrás. En el aire flotaba una especie de neblina, pero no había nadie. Se encogió de hombros y continuó el camino, pensando casi sin quererlo en el extraño comportamiento de Julian.
Una nube negra tapó la luna azulada que brillaba en el cielo y daba luz a la noche sin estrellas.
Otro silbido.
Se giró rotundamente hacia atrás de nuevo, pero siguió sin ver a nadie. Un escalofrío le recorrió la nuca y por un impulso involuntario salió corriendo, cogiendo las faldas del vestido, laberinto adelante.
Mientras corría por las calles oscuras, alumbradas cada poco con una antorcha, perdió de vista el castillo.
A cada pocos segundos miraba a sus espaldas, segura de que algo o alguien la perseguía. Maldijo a la persona que inventó los vestidos, no era fácil correr con él. A punto de chocar con una esquina del laberinto, dobló a la izquierda, chocando a su vez contra algo sólido.
Cayó al suelo y una mano la obligó a levantarse. Un hombre de cabello blanco que le caía en una melena lisa, de piel pálida y labios finos, la miraba con su único ojo, azul hielo. El otro lo llevaba oculto en un parche negro. Vestía una armadura negra, con el dibujo de una calavera echando la lengua en forma de serpiente en rojo...dibujada con sangre, las gotas de esta le escurrían hacia abajo.

—¿Quién eres?—preguntó Scarlett, intentando zafarse del hombre.
—Norian te busca.—la voz era apenas un susurro, pero lo suficiente para que la chica abriera los ojos de puro terror y se agitara contra él.—Ven conmigo, por favor.

Scarlett consiguió soltarse al fin, sin embargo, sabía perfectamente que el hombre no se había resistido. Planeaba echarse a correr y dio dos pasos, justo antes de que la cogiera por la cintura y se la colgase de un hombro. Lo pateó en la cara, pero no pareció importarle. Con un chasquido de sus dedos, unas ataduras de liana negras le ataron manos y pies y se quedó muda. Gritó, gritó y gritó, pero nadie la escuchaba ya.

—Deja de debatirte, Guardiana. Te llevo a Heline, y ella no te pedirá las cosas por favor.—la miró, los ojos verdes furiosos de Scarlett contra los suyos, puro hielo.—Intentaré que no te maten, te doy mi palabra como demonio.

<<Ahora ya me siento mucho mejor>> pensó Scarlett, intentando darle un cabezazo.
El demonio suspiró y le dio un ligero golpe en el cuello, dejándola inconsciente.
Lo último que vio antes de desaparecer con él entre humo negro y sombras con caras siniestras fue el rostro de Julian y su brazo extendido, intentando cogerla...tarde.


                                                                          ***


Sintió la presencia de ella casi al momento. Salió a toda velocidad de la casa y seguiría corriendo -para estrangularla, quizá- si no estuviera la barrera de por medio.
Ella lo miraba con una mueca indiferente, ojos inyectados en sangre, inexpresivos, para variar. La nieve no la tocaba, se fundía antes de llegar a su cuerpo. No como en él, cubierto de diminutas cositas blancas. Le dedicó una sonrisa encantadora que no dejaba entrever sus intenciones -estrangularla, por supuesto- y habló con tono meloso y falso.

—¿A qué debo hoy el placer de tu visita, Heline? ¿Has vuelto otra vez a admirar mi belleza o a intentar buscar la tuya?

Ella siseó algo en la lengua de los muertos que no entendió. Sí, los híbridos no podían entender el lenguaje de los demonios. Algo irónico, pero era así.

—Me envía el Amo.

Obviamente. Aquella criatura no hacía nada sin el consentimiento de su querido amo y señor. Puso los ojos en blanco y asintió.

—Cuéntame algo que no sepa, preciosa.—intentó que la última palabra sonara lo más irónica posible.

A ver, las cosas claras, Heline, si la mirabas desde un punto de vista masoquista, demoníaco y siniestro, podía ser guapa. Pero su afición por cortar cabezas era un tanto inquietante.

—Quiere que vuelvas.

Las tres palabras le sentaron como una patada en sus partes. Estuvo a punto de reírse en la cara de la demonio, pero no...bueno, en fin, se rió en su cara.

—Nunca te había imaginado haciendo una broma hasta hoy.—comentó en tono alegre, arqueando una ceja.
—No es una broma. Quiere verte. También es tu Amo, híbrido y a parte es tu...
—¡CÁLLATE!—gritó Kira, deseando más que nunca poder estrangularla para que cerrara el pico.

Eso provocó una de las escasas sonrisas macabras que ponía muy de vez en cuando Heline.

—Él suponía que no querrías ir.—le tiró algo plateado a las manos, que traspasó con facilidad la barrera.—Por eso ha decidido matar dos pájaros de un tiro.

Miró el objeto y al principio no lo reconoció. Era un medallón en plata con un grabado. Guardián de la Dinastía Chevalier S.C.
—¿De verdad piensas que me lo voy a creer?—preguntó, sonando feroz e irónico—Trescientos años de experiencia son muchos, Heline. No sería la primera trampa que me pone en medio tu querido jefe el sádico. Y aunque fuera así, ¿por qué iba a importarme?

Por un momento, vio como Heline fruncía el ceño. Perfecto, había conseguido parecer totalmente desinteresado. La demonio sacó de entre sus pechos una esfera negra; el Revelador, la bola vidente del oráculo Trisania. Susurró unas palabras en el idioma de los muertos y en él se mostró a Scarlett, amarrada de pies y manos y amordazada, luchando por liberarse con todo lo que podía en la oscuridad infinita que proporcionaba el Inframundo. <<¡La han llevado al Inframundo!>> pensó Kira, sin mostrar su sorpresa e intentando controlar su rabia y la transformación en demonio que tendría lugar con las ganas de matar que sentía en ese instante.

—No le pasará nada si vas a por ella. Mi Amo solo quiere hablar.—se escuchó el ruido de un aleteo feroz dentro del Revelador. Kira sabía qué eran esas aves.—Bueno...intentaremos que no le pase nada. Adiós, Kira.
—Adiós, bruja.—gruñó justo después de que desapareciera.

Quería descuartizarla lentamente, pero no debía mostrar sus emociones. Tenía que esperar a que llegaran los malditos Guardianes para poder salir de la barrera.
Sin venir a cuento, recordó una de las miles discusiones que tuvo con el Elementar.

—Veo que no he dejado las cosas del todo claras.—le había dicho él la noche en la que la pelirroja casi se suicida—Me ocuparé de que lo entiendas ahora. Esto ha sido mi culpa, pero no volveré a descuidarme así. No tendrás que volver a protegerla.

El niñato maguito le había contestado todo airado.

—¿Y qué ocurre si quiero hacerlo?Porque ya veo que tu manera de protegerla no es muy efectiva que digamos.

<<Pues la tuya tampoco, imbécil.>> gritó furioso para sí mismo, dando un puñetazo a la barrera y quemándose la mano.

domingo, 30 de octubre de 2011

Capítulo 23: [Segunda parte]

Nota de la autora ~> ¡Hey, lectoras/es! Pronto vendrá el Capítulo 24...¡¡¡EL BAILE!!! Esto, al ser una segunda parte, no es muy grande, pero es lo que hay. Espero que os guste.
Para los que estáis maldiciéndome por los cuatro reinos porque no hay acción y ahora la historia se ha parado en un: STOP, toca la parte cuento de hadas. Traaaaaaaanquis, ¿queréis sangre, muerte, secustros y destrucción? ¡¡PRONTO!!
Besos y si sois buenos Guardianes que cumplís con vuestro deber, ¡dejad un comentario!
Si sois unos entes rebeldes...¡Vamos, sabéis que queréis!



Ambos miraron al híbrido durante unos segundos, que se quedó en silencio. Las comisuras de sus labios se torcieron hacia abajo en una teatral mueca de tristeza.

—Tienes mi pésame, pelirroja.—siseó negando con la cabeza.

Julian, con muchos esfuerzos por su parte, reprimió una malsonante contestación y se giró hacia Chelsea, que los observaba casi divirtiéndose. Qué macabra. Dispuesto a decir algo en contra, abrió la boca, pero se adelantaron.

—¿Y qué pasa si no quiero ir con él?-preguntó Scarlett en voz tímida, negándose a mirarlo a la cara.

La sonrisa del monstruo y la renacuajo asomó casi al mismo tiempo. Las nueve palabras de la Guardiana novata le pegaron en la cara como si fueran una bofetada. Alzó una ceja, conteniendo una maldición de nuevo y mantuvo el silencio esperando la contestación.

—La asistencia con pareja es obligatoria, y menos Julian, no hay nadie en esta casa que pueda ir contigo.—contestó Chelsea en tono aburrido—Además, conociéndote te vendrá bien un buen bailarín.

Scarlett apretó la mandíbula avergonzada y asintió en silencio, pero a Julian no se le pasó por alto la mirada cómplice que tuvo con Kira. Al ver que los observaba, el híbrido sonrió con malicia y agarró bruscamente a la muchacha por las muñecas, atrayéndola hacia sí. Le susurró algo al oído y ella se apartó de golpe, con la cara enrojecida. El Elementar notó como le estallaban varios huesos de los dedos al apretar el puño con tanta fuerza.

—Preferiría no acabar tullido, gracias.—replicó despectivamente, dándoles a todos la espalda.
—Tu asistencia también es obligatoria, Julian.—suspiró Chelsea cruzándose de brazos. Los salones de baile no eran su sitio, su lugar estaba en los campos de batalla—De esta no te libras.

El pensamiento de que María había desaparecido de repente de la habitación le hizo presentir que algo malvado y en forma de tarta, vestido o animalito herido aparecería pronto por allí. Hizo una seña para que los músicos se marcharan y enfrentó su cara contra la de Chelsea, enfadado.

—Creo que hay un punto que nadie tuvo en cuenta hasta ahora.—echó un vistazo a Scarlett, ya totalmente desaliñada. Esa chica no era capaz de mantenerse impecable más de cinco segundos.—No tiene ni idea de como comportarse frente a la nobleza y realeza.

Eso pareció tomar a Chelsea por sorpresa y avergonzar -y quizá molestar un poco- a Scarlett.

—Sus modales...sí...aunque creo que Dáranir le encomendó a María esa tarea.
—¿Modales? ¿Para qué se necesitan?—suspiró Kira encogiéndose de hombros.

Julian lo taladró con la mirada.

—Obviamente, alguien de tu calaña no los tiene ni los necesita para mezclarse con los otros de tu...ralea.—le escupió con tono burlón a la cara.

Al híbrido pareció importarle bien poco, para variar. Volvió a encogerse de hombros y se dirigió hacia la puerta. Julian se mantuvo en sus trece, a pesar de las miradas indescifrables que le estaba lanzando Scarlett.

—Pues ese alguien de mi calaña se va a su habitación.—dirigió un saludo cautivador a las dos chicas y cerró sin hacer ningún ruido, en un silencio casi espeluznante.


                                                                      ***


Al rato volvió María para secuestrar por tercera o cuarta vez a Scarlett. La cogió de un brazo y la arrastró escaleras arriba, llevándola al salón. Ambas salieron a la terraza, ya era casi mediodía. La hiperactiva chiquilla rubia llevaba un pantalón de cuero gris ajustado acompañado con un chaleco caoba y unos botines de piel. Era un detalle que siempre le resultó curioso a Scarlett; las gentes de esa parte del muro -entes femeninas- vestían casi siempre con vestidos medievales o ropas extravagantes, pero las Guardianas solían llevar ropa ya preparada para pelear si fuera necesario. Y María era una buena guerrera, aunque no llegaba al nivel de Chelsea. Recordó la vez que la vio montar a aquel demonio Gesset en el bosque de los centauros...¡riéndose! Julian se había cansado de ella y zanjado la tarea. Nunca, en ningún momento, había visto a María ponerse seria...exceptuando aquella vez en que la vampiro Vanessa la había herido.

—Scarlett, ¿cómo crees que debes dirigirte a sus altezas?—preguntó de pronto sacándola de sus ensoñaciones.

Ella caviló un poco en su mente. Tratar con reyes...Dioses. ¡Con reyes! Las manos comenzaron a temblarle, pero las agarró con fuerza, como regañándose a sí misma. Si se había enfrentado a un gigante, podría enfrentarse a un par de personas de sangre azul.

—Bueno, lo he leído y visto en películas...¿una reverencia y llamarles siempre “su Majestad”?

María la miró sin entender. Scarlett suspiró. Por supuesto, no sabía qué era una película.

—Supongo que por algo se empieza.—rió con su cantarina vocecilla de niña pequeña.—Durante estos próximos siete días te convertiré en toda una dama. Ah...será la mejor noche de tu vida, te sentirás una princesa.

Scarlett no estaba segura de si deseaba sentirse como una princesa. María no le dio tregua y continuó con su monólogo.

—Habrá muchísimas personas, todas las gentes de noble cuna estarán presentes. Y conocerás a los Guardianes de las Casas de toooooodos los reinos. ¡Estarán los cuatro reyes y reinas! Y...sus hijos. Tienes que conocer al príncipe Rickard, es toooodo un caballero. Seguro que muchos grandes señores se ofrecen a bailar contigo, al menos tú eres más alta.—casi ignorando a Scarlett se sentó en el bordillo de la terraza, contemplando los jardines.—Yo nunca puedo ir con nadie de pareja a ningún sitio, exceptuando a Mark. ¡Pero es mi primo! Un primo sobreprotector...¡en serio! Me prohíbe estar con cualquier hombre al que no haya investidado minuciosamente antes. En eso salió al resto de mi familia. Antes de ser Guardiana me tenían entre sedas y rosas, casi sin poder salir de casa. ¡Era una prisión! Ah...supongo que no me entiendes. Y fue en ese momento cuando descubrí...

La muchacha pelirroja rió tan bajo que no pudo escucharla y sin hacer ruido, salió del salón, dejando a María con sus divagaciones. Ella misma tenía que divagar sobre el baile en su honor. Bufó poniendo los ojos en blanco. ¿En serio? ¿Ella en un baile? ¿¡Bailando!? Sí, ya se vio que se le daba de maravilla, tenía una coordinación sorprendente. Sorprendentemente mala. Había puesto a Julian de los nervios, aunque bien pensado, él siempre estaba de los nervios. Caminó sin rumbo y acabó justo ante las gigantescas puertas de la biblioteca. Entró sin llamar, a esas horas nunca había nadie. Dáranir estaría en su despacho, peleándose con sus cuentas y papeleo, Kira jamás se metía en la bibloteca. Cuando ella le preguntó porqué el híbrido le respondió que apestaba a Julian. Al contrario que él, para Scarlett el Elementar tenía un olor muy agradable, una mezcla entre madera, libros y nieve. Un olor...¿hogareño? Kira era completamente distinto. Olía exótico, casi imposible descifrarlo. Fuego -si es que el fuego pudiera tener olor propio-, tierra seca y su propia y extraña fragancia, esa imposible de descifrar, una mezcla agridulce.

Fue a la su estantería y cogió su libro favorito. Sonrió nostálgica. Aquel libro de color celeste era todo lo que tenía de su familia. Los Chevalier. Lo abrió por donde se había quedado la última vez, pero antes le dio un repaso visual al retrato de su abuela, Nadia, una mujer de rostro afilado y moreno, con el pelo corto, liso y de un rojo exacto al de ella. A penas se diferenciaban en el rostro, más redondo el de Scarlett. Era casi como verse reflejada. Rozó con los dedos la página, sonriendo. Había descubierto muchas cosas sobre su desconocida familia, pero de la que más hablaba el libro era de Nadia. Había sido Elementar del Agua, Julian se lo recordaba una y otra vez, pero Scarlett se negaba a intentar descubrir si ella lo era también. Estaba casi segura de que no y por un motivo que ni ella misma entendía, deseaba no saberlo.

¡BROMNGH!

Scarlett viró en redondo hacia la puerta por el estruendo y encontró a María jadeando, con un objeto en la mano y esa sonrisilla diabólica que siempre intentaba hacer para imitar a Kira. Esta vez la hizo a la perfección. Scarlett se estremeció.

—¿Qué es eso?—dijo en un susurro, siempre tan curiosa.

La sonrisa de María se ensanchó. La Guardiana pelirroja tragó saliva.

Ogaaaendu7d-i1bbgu-tqx1ta7zrk7tb_en0glfynasmmditske3cvc8rl2mlolk0hmh0tmtg_onkrgqohgyo1efc8iam1t1ulhfg0yfp56m74u9jressuzrvdd3_large—Esto, querida, es un corpiño. Algo que vas a llevar durante toooooda la semana para acostumbrarte. ¡Porque obviamente también lo llevarás con el vestido!—rió con su voz aguda y cantarina, corriendo a probárselo.
Scarlett sintió como se quedaba sin aire en un segundo cuando le apretó las cintas.

—María...María...más...¡flojo!—suplicó asfixiándose.

Ella suspiró con una mano en la mejilla y aflojó ligeramente el corpiño color carne.

—Será una dura semana...oh, sin duda. Pero valdrá la pena.—le dirigió una mirada de felicidad a Scarlett—Por cierto, ha llegado el vestido que pedí para ti. Es perfecto. PERFECTO. ¿Comprendes?

La muchacha asintió casi por acto reflejo. En una cosa tenía razón. Iba a ser una semana muy dura.



                                                                       ***


Los primeros tres días de la semana pasaron con una horrorosa lentitud. Scarlett casi no había mejorado nada en lo que se refería la baile, pero se iba acostumbrando a llevar el corpiño y aunque María siempre lo apretaba excesivamente, su tía Ren, siempre tan amable, cuando no miraba su sobrina lo desataba sutilmente sin que se notara para que la presión no terminara por asfixiar a la pobre.
Julian y Scarlett habían pillado dos veces a Dáranir y Chelsea en el salón de baile a altas horas de la noche, fingiendo ser una alumna y su profesor y bailando riéndose cómplices. A Scarlett le parecía enternecedor, sin embargo, Julian estaba que echaba pestes.
María se había vuelto la persona más estricta de todo el Submundo en lo referente a modales. Observaba minuciosamente a Scarlett mientras comían, mientras andaba, mientras leía y mientras entrenaba. Chelsea tuvo que echarla más de una vez de los entrenamientos de lucha por molestar con sus gritos del tipo “¡Una dama estaría más derecha!” “¡No deberías sudar tanto!” “¡Eso no ha sido nada femenino!”
Como la mayor parte de las veces, por no decir todas, Scarlett asentía, le dirigía una sonrisa y luego, ignoraba completamente sus comentarios, María terminó por parar de aparecer allí.
Al quinto día ya sabía bailar medianamente el vals, aunque los pies de Julian no estaban del todo a salvo. Scarlett se sorprendió al verlo reír una vez cuando tropezaron.
Mark vigilaba de cerca a María, porque según él, cuando estaba tan feliz siempre se daba algún golpe contra algo. ¡Y no le faltaba razón! Al sexto día faltaban tres jarrones, había tropezado pro las escaleras y se había caído de la silla al intentar ayudar a Ren a coger la sal. Su primo la curaba, era su deber como único miembro con conocimientos de medicina en la casa.
Y en cuanto a Kira...se encontraba desaparecido. Casi nunca salía de su habitación y cuando Scarlett se dirigía a él, este le hacía algún comentario burlón, invadía su espacio personal y se marchaba tambaleante de nuevo. Parecía fuera de lugar. ¿Sería por que él no podía ir al baile? No creía que fuera por eso, no era típico de Kira, a él no le importarían esos actos sociales. A él solo le gustaban las peleas, las mujeres y la diversión sin límite. Ahora que sabía su secreto, que Kira era mitad demonio, no lo veía de forma distinta, a pesar de que la hubiera dejado a cuadros su otra “forma”.
El séptimo día fue el más relajado de todos. Debían descansar para la noche siguiente.
Las horas pasaron y finalmente...la mañana del catorce de febrero llegó.